
La Comisión Europea fijó en 75,36 euros por tonelada de carbono (CO2) el precio de referencia del Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), una herramienta que empezará a impactar en las importaciones a partir de 2027.
Se trata de un dato fundamental, porque arroja una señal clara: el carbono deja de ser una variable solo ambiental, para convertirse en un factor económico dentro del comercio internacional.
Es decir, un paso clave para que productores y empresarios del agro apuesten definitivamente por un negocio que arroja tanto sustentabilidad ambiental como económica.
En ese contexto, en Argentina empieza a tomar fuerza una pregunta concreta: ¿es posible entonces transformar la captura de carbono en un negocio?
Una primera aproximación importante es que el mercado de carbono existe y está en expansión, pero su funcionamiento dista de ser automático.
Entre otroas aspectos, generar ingresos a partir de créditos implica diseñar proyectos, medir emisiones, validar resultados y certificar bajo estándares internacionales.
Créditos de carbono: ya está activa una nueva plataforma para comercializar “activos ambientales”
En el país ya hay empresas avanzando en ese camino. Una de ellas es GMF, especializada en soluciones basadas en la naturaleza, que desarrolla proyectos forestales y de manejo de ecosistemas orientados a la generación de créditos certificados.
El proceso es exigente y requiere tiempo. No se trata de una certificación rápida, sino de proyectos que pueden demandar varios años hasta alcanzar la validación y comenzar a generar créditos comercializables. Esto marca una diferencia clave: no es un ingreso inmediato, sino una estrategia de mediano y largo plazo.
El crecimiento del mercado responde a dos factores principales:
En este escenario, Argentina tiene potencial, especialmente en actividades como forestación, manejo de suelos y agricultura regenerativa, donde la captura de carbono puede medirse de manera más directa.
Sin embargo, el desarrollo todavía enfrenta desafíos relevantes: costos de certificación, falta de marcos regulatorios locales claros y la necesidad de capacidades técnicas para estructurar proyectos sólidos y confiables.
Así, el diferencial no está solo en el recurso natural, sino en la capacidad de convertirlo en un activo validado y aceptado en los mercados internacionales.
De cualquier manera, la fijación de precios del carbono por parte de Europa anticipa un cambio más profundo en el comercio global: la huella ambiental empieza a influir en la competitividad de los productos y en el acceso a los mercados.
Para el agro y la agroindustria argentina, esto implica un nuevo frente de trabajo: no solo producir, sino también medir, certificar y gestionar el impacto ambiental.
El mercado de carbono ya está en marcha. La oportunidad existe, pero su aprovechamiento dependerá de la capacidad de adaptación, inversión y ejecución.
Y, como en otros procesos del sector, quienes logren moverse primero y con mayor profesionalización serán los que mejor posicionados queden en esta nueva etapa.